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Historia del Pan de Acámbaro

 

El Pan de Acámbaro fue el resultado de un feliz encuentro: El trigo portado por los primeros Franciscanos, y las hábiles manos de los artesanos alfareros de esta región.

Los Franciscanos trajeron consigo el trigo, indispensable para elaborar la Hostia: El Cuerpo de Cristo; y también para elaborar el Pan, que era su principal sustento corporal.

Los habitantes de la región de Acámbaro dominaban ampliamente las artes cerámicas desde mil años antes de Cristo, dando forma al barro de gran calidad que se sedimentó en estas tierras ocupadas anteriormente por agua durante millones de años.

El más célebre de estos alfareros indígenas al tiempo de la Fundación Española de Acámbaro era Don Abraham de Silva Cuín, su nombre de converso, pues fue bautizado por los Franciscanos el mismo día de tal Fundación: El 19 de Septiembre de 1526.

La Orden Franciscana había guardado celosamente en sus Conventos la Técnicas de hacer Pan más rigurosas y secretas de España e Italia, a donde habían llegado desde Grecia, a través de Egipto y Mesopotamia, la Cuna Primigenia del Pan, cinco mil años antes de Cristo. Don Abraham de Silva Cuín entró al servicio de la Orden y pronto se dieron cuenta los Frailes de su gran habilidad para el manejo de la masa. Así, al tiempo que continuaba con su Evangelización, recibió generosamente los secretos y las fórmulas para hacer Pan, ruto de miles de años de saber.

La familia de Don Abraham pertenecía a la Nobleza Tarasca y él era uno de los principales, que los Gobernantes del mismo Reino Tarasco mantenía como presencia de su poder, administrado la recepción de tributos. Y, a la usanza misionera española, recibió el apellido español de uno de los Fundadores de Acámbaro, español de origen, nada menos que de Cádiz, y Maestro Mayor en construcción arquitectónica, a pesar de su reluciente juventud. Y dejó patria y familia para venir al Nuevo Mundo. Mundo que lo conquistó y en el que quiso perderse como en un paraíso. Halamos de Don Juan Carlos De Silva, en el año del Señor de 1526, de grata memoria para Acámbaro. Aquí dejó huella no sólo de su apellido, sino de las glorias arquitectónicas del Siglo XVI que todavía son nuestro orgullo.

Un bien número de años más tarde, su bisnieto, graditano también, cuya familia no volvió a tener noticia de Don Juan, movido por la misma emoción que su bisabuelo y por las noticias increíbles del Nuevo Mundo, emprendió el viaje con el mismo rumbo. Tal vez pensaba encontrar alguna pista del antepasado, tal vez pensaba ejercer el oficio de familia, él también Maestro Mayor en construcción, como su progenitor.

Y el Nuevo Mundo también le dio su oportunidad, como al bisabuelo, aunque en edad más madura, pero con el espíritu aventurero del joven imberbe. Desde 1692, la Catedral de Morelia, que se encontraba en etapa de construcción, su pudo haber convertido en un elefante blanco. No había nuevo Maestro Mayor, ni dinero para proseguir la obra, según nos cuenta el historiador Oscar Mazin Gómez, hasta que en 1696 el Rey de España nombra al Obispo Ortega y Montañés nuevo Virrey, sustituyendo al Conde de Galve. Es él quien contrata a Don Juan e Silva Carrillo como nuevo Maestro Mayor para proseguir la edificación de la catedral de Morelia, Joya Colonial de Belleza Criolla.

No encontró Don Juan rastro del legendario bisabuelo, pero sí a una binieta, mexicana desde luego, María De Silva, en la Hacienda de Araró, Michoacán, casada con Antonio Barrera, según consta en el padrón del Pueblo de zinapécuaro, del año de 1683, por entonces la única referencia de aquellos habitantes tributarios del Diezmo Eclesiástico. Y así la historia política de la Nueva España se va diluyendo, y también estas historias personales: El país se va convirtiendo en México, los De Silva se quedan en: Silva, variante del mismo apellido como nos cuenta Gutierre Tibón en su Diccionario comparado de los Apellidos Españoles, Hispanoamericanos y Filipinos, y nuestra historia nos remota nuevamente al momento de la Fundación de Acámbaro, en 1526.

De este lugar, donde la habilidad creativa de sus habitantes dio a la Cultura Universal la Cerámica de Chupícuaro, una de las más antiguas de Mesoamérica y, estéticamente, de primer nivel, se recreó el Arte de hacer Pan, venido del Viejo Mundo, y se perfeccionó, dándole expresión en el Pan Grande de Acámbaro, síntesis singular de conocimiento y de Arte de antigua raigambre.

Y ya en años más recientes, por 1899 ó 1900 al iniciar el Siglo XX, nos encontramos con Don Abraham Silva López, Maestro panadero, descendiente directo de Don Abraham de Silva Cuín, el Patriarca del Pan Grande de Acámbaro. Sus hijos: Carlos, Heriberto y Samuel, funda en 1935 la Antigua Panificadora El Triunfo, que desde entonces permanece como Fiel Custodio de esa noble tradición, elaborando el Pan Grande de Acámbaro como se hace el Pan de los Ángeles: Con manos limpias y con reverente paciencia.

 

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